lunes 7 de diciembre de 2009

¿Es la verdad un juego?


Comunicar lo que se siente cuando uno desconoce la verdad, es peligroso, desde luego mucho más peligroso que continuar con una duda que te revuelva eternamente las entrañas.

Sentirse celosa de una relación endofágica entre una dama de dudosa virtud y un vulgar chulo de barrio, a la sazón literaria y fruto del mismo autor, repartiéndose lisonjas y menosprecios en anacrónicos sonetos y décimas, puede ser ridículo si la engañada se manifiesta ofendida ante tal vituperio, que no ha sido otra cosa que un modo de entretener el tiempo aburrido de un hombre infeliz y sus acólitos, ávidos tanto de tertulias profundas como de chismes de patio.

Dejemos pues aquí lo que parece sólo en apariencia un banal esparcimiento.

La engañada sin engaño, que bien podría ser el título de una comedia burlesca del Siglo de Oro español, por más señas la que escribe, que goza por la anuencia del idioma de ser sólo engañada y no cornuda, (Venia de la que no dispondría si el agraviado en los devenires de esta tormenta literaria hubiera sido el varón), es doblemente vejada al manifestar una emoción sentida ante el enredo de ver a su consorte en el lujurioso gatuperio de que una dama mal follada le deshaga la cama y le mida el badajo, ante un honroso grupo de ansiosos expectadores.

En esta lid, si nos remontáramos a los tiempos en que la lengua y el villorrio así se manifestaban, creo que algún pañuelo bien impregnado de almidón y almizclado de violetas, hubiera golpeado alguna cara y de tal suerte habría continuado el entretenimiento, en un amanecer claro con ecos polvorientos de herraduras y alientos vaporosos de vino recio, decorando el escenario del temerario cornudo y el galán enamorado.


Eran cosas del honor,
Que ya nos queda muy lejos,
También cosas del amor,
Que a fe de muchos abuelos
Además de muchas honras,
Mereciera algún respeto.

Pero es hoy, y a buena suerte.
Y son palabras al viento.
Y no hay maestros de esgrima
Que esgriman los sentimientos,
Que por andar por la red
Son a lo sumo, molestos.

La engañada no es amada,
Pues no hay motivo de engaño…
Pero si ha de hacer escarnio
Lo hará con la malhablada,
Que la daga del mentado
Tiene la fama ganada
.


¿La vida te da sorpresas?


El afligido bastardo escribía en sus memorias como si yo no existiera. Como en todas las historias que se parecen (por eso son historias), escapó de mi vida, de su vida, como por necesidad. El ególatra que falsamente desoía mis apoyos, se pavoneaba ante los halagos de los desconocidos que corroboraban su talento. Reconocer un talento de su importancia, no era complicado. No era necesario ser versado en el arte de las letras para saber que poseía un don, pero él sólo me veía como su enamorada y mis opiniones carecían de peso. En parte me enamoré de sus palabras que en un principio si me brindó, en parte también llevada por mi espíritu de aventura y mis ganas de guillotinar la soledad, la falta de un cuerpo al que asirme, de un alma en que cobijarme. Mi locura estaba en su efervescencia y allí encontró campo abonado la que hasta entonces había sido suya, su locura, se entienda. El no la conocía porque el ermitaño carece de referencias para juzgarse, y todos sabemos que la locura es en gran parte social, además nunca ha sido un buen juez “el uno mismo”. El desorbitado deseo de la distancia y la locura del sexo de las cercanías, hicieron el resto, lo trajeron definitivamente hasta a mí. Él, el solitario, el independiente, el sin compromisos, llevado por unas emociones que le dejaban fuera de control, claudicó ante mí. Y digo claudicó porque esa fue siempre la relación que mantuvo conmigo. Nunca reconoció que fuera el amor, ni el resto de sentimientos que unen a una pareja, lo que le llevó a mí. Yo fui para él el artífice de una magia negra que le condujo a la ruptura de una vida que para si mismo consideraba plena (Mis opiniones al respecto serían disensiones que nos llevarían a un debate fatuo). Amada por una parte que él no consentía, reo culpable siempre del abandono de aquel yo único que el creía que era. Como el amor son las semanas que el sexo entretiene con su pasión, y el resentimiento sembrado tiene el poder de todas las guerras, no tardó en excluirme de parte de su vida a la que yo amaba. Mi amor no era importante, el suyo sí. Él lo dejó todo (¿qué dejó? , y con eso debería bastarme. Ahora escribe memorias en un blog de internet, todo virtual, claro. Se alimenta de los halagos de los otros y huye de todas responsabilidades. Para él, todo común que nos concierne es algo que no le obliga, es el ermitaño que vive en un palacio por necesidades que le son impuestas. Su egolatría llega a la desesperación. Sus enfados si le leo como cualquier otro internauta, no ya como su mujer, sirven para que me diga que invado su intimidad. No hay pues intimidad en la pareja. ¿Tal vez no haya pareja? Verdadero, no estoy en sus planes. La política, otra de sus pasiones, miles de opiniones bellas y elocuentes, demagógicas y sin su compromiso (como siempre) pero hermosas, le llevan al aplauso de sus lectores. Mi política es otra, es de otro nivel, inferior, seguro. Y cómo no, ya faltaba la guinda del pastel. Antes hacíamos el amor, ahora de vez en cuando me folla. O antes follábamos como locos, y ahora no me da ni tiempo para recuperarme de la congestión pelviana. Así que me mato a pajas porque no tengo tiempo ni ganas de volver a emparentar. Era de esperar, todo es consecuencia: ¿Cómo no encontrar a alguien más adecuado a su maravillosa bohemia para que le inflen los huevos? Pues que así siga y así sea con su intimidad, creando hemistiquios y juntando sonetos, que templen su flauta con las letras de otra internauta potente, también versada en décimas de elevada calentura. No fue mi deseo caer en sus letras, hace tiempo que claudiqué ante el infantilismo de sus reproches, pero a veces las cosas, sin más ni más, suceden. Hoy, que estoy sola mientras restituye en Madrid sus lazos rotos, me tropecé con su bitácora en la papelera de reciclaje buscando un viejo cuento que quería rehabilitar en mi pagina azul, y cómo no, la abrí, hacía tanto tiempo de eso que no esperaba encontrarla rehabilitada… Y una hermosa rosa adornaba la portada bastarda y afligida de mi lumbrera, precediendo al armisticio de un amor, que por poco (¿mucho?) que me duela, no fue sólo virtual. Una paz de una guerra que yo no conocía aunque intuí, que por fin ha llegado. Bellos versos a los que mi memoria no hace justicia (aunque ni mucho menos regresaré ya nunca a la fuente original): “Le hablé, sonreímos, brindamos, yacimos”. Pues enhorabuena por la reconciliación, y mis deseos de que el orgasmo les fuera placentero. No es otro mi deseo.

miércoles 4 de marzo de 2009

Brindis con la nostalgia

Dejo caer en mí garganta las perezosas gotas de mis dos litronas. Las he preparado para mí, cumplo cuarenta y ocho. Y justo luego siento esa nube liviana, que seductora levita sobre los almohadones de mi cama: Lánguida embriaguez que me transporta sobre la balaustrada del puente viejo, brindando con los amigos de ayer.


El primer aire fresco de la noche sorprende nuestras bocas recién perfumadas de pasta dental.


Veo, que nadie me corrija, las estrellas más bellas del universo a punto de rozarme la cabeza, siento las torpes manos azarosas de él, hurtando la caricia de un roce, encendiendo cigarros y pasando maría. La noche nos hace libres, y, primero Jara, después Mercedes Sosa, luego Cafrune y Silvio y Pablo...cantos que rasgan el alma, sonidos de guitarras, gargantas secas que bañamos luego entre carcajadas con el agradable sabor de ron lima limón.


Después, silencios penetrando en los ojos iluminados, venciendo las distancias, ya casi resueltos los destinos de los cuerpos de aquellas noches largas deseando a derroche.Las botellas estallan en añicos puente abajo y las campanas anuncian que hay poco tiempo para el amanecer. Uno tras el paso del otro, él tras mi boca que esquiva su boca, él resignado al paso de otras bocas ávidas de sus besos.


Amanece y el sol se despereza sin que nadie susurre promesas de amor...


De nuevo, al regreso de la ruta de la noche, refrescamos ávidos el sudor de los cuerpos desnudos en el agua, somos sombras bajo las estrellas bailando hechizadas al canto de los cucos y los grillos.


Y cantamos juntos, y bebemos juntos…


Le miro y no pregunto con qué cuerpo se batió su cuerpo, ni le digo en qué otra almohada reposé mi cabeza.


El deseo abrasa en esta noche que otra vez desboca con el sabor amargo del gin, lima, limón.


Paz, Amor y Libertad, noches bautizadas por la luna para nosotros, los que fuimos entonces, tal como éramos.


Brindo por ello.


Jóvenes brazos que rodearon cuerpos nocturnos, atribulados, desnudos, cubiertos de deseo.

lunes 26 de febrero de 2007

Velan el cadáver en su cantina favorita



Vladimir es el último propietario de “La Parada”, un pequeño tugurio situado a las afueras de Cifuentes, justo en el punto en el que la guagua finaliza el trayecto de línea. Su clientela es exigua pero suficiente. A primeros de mes los trabajadores de la fábrica de aceite van y vienen al inicio y al final de la jornada. Con eso va tirando y estirando los pesos para mantenerse a flote.

Es alto, rubio, fuerte, de apariencia huraña a consecuencia de los gestos interrogantes y de desconcierto, que durante sus primeros años de inmigrante le provocaron el aprendizaje del idioma, gestos que se han quedado pegados a su rostro fruto de una dificultad tan mantenida. Escupe las erres y sesea con una sibilante suave donde sus parroquianos tienden a zampársela sin más. Todos sus intentos de adaptación han sido vanos, y no sin cierta resignación, ha terminado por aceptar que se le conozca como “el ruso”.

Hoy anda contrito Vladimir. Está cerrando caja y las ganancias son tan escasas que se las verá y deseará para saldar mañana la factura del gas.

Cacharrea en la trastienda ordenando cuatro trastos desperdigados. Tiene una clientela de “mierrrda”. En las dos últimas semanas María do Ceu no ha asomado el pico. Las ganancias han mermado a gran velocidad. Es la reina del mambo, María do Ceu, y no será por las tetas, que no tiene, ni por sus curvas, mal dibujadas a pinceladas de hambruna y alcohol, pero tiene su encanto, sus ojos chispeantes, su tendencia a la risa que encandila a sus parroquianos, sus peroratas hilarantes salpicadas de cierta inteligencia, aunque no duren más allá de lo que tarda en tragarse su tercer tequila. Pero algo tiene “la Bruja”, que sujeta el cigarrillo con el hueco de su incisivo lateral, que según ella se lo arrancó su ex-marido de un puñetazo. Los habituales la adoran, Vladimir los conoce por el “clan de la Bruja” que, aunque a menudo beben al debe, cuando comienza el mes pagan religiosamente tan pronto cobran el subsidio. Son su segunda fuente de ingresos que ahora se tambalea desde que la desdentada no aparece por el local. “En fin, mañana será otro día”.

Son más de las ocho y desde hace dos horas nadie ha aparecido por ahí. Oye unos golpes en la trastienda. Sobresaltado por lo insólito de una llamada a esas horas de la noche, se acerca a la ventana. Ahí están los del clan, sentados sobre una especie de cajón mientras Orencio trata de explicarle con gestos que haga el jodido favor de abrir la puerta del bar. Ganas le entran de mandarlos a todos a que les den por el saco, después de todo esas ya no son horas, y le apetecía ver tranquilo en la trastienda el partido del Boca. Pero ganancias son ganancias y tiene facturas que pagar.

“Jodida noche, ruso, y enlutada” dice Orencio frotándose las manos mientras sujeta la puerta con la punta de su pie. Perplejo, Vladimir, mira con sobresalto como el cajón en el que posaban sus culos hace un momento, no era tal cajón sino que era ni más ni menos que un maldito ataúd. Se persigna en un desmesurado gesto de olvidada ortodoxia. Luis Antonio, que tiene los ojos hinchados y el gesto grave, abre despacio la tapa pidiendo un tequila. “Maria do Ceu tiene sed”, balbucea tan apenas, antes de caer en un sollozo no exento de cierta dosis de alcohol. Uno a uno los parroquianos se sientan alrededor del féretro que han ajustado sobre las dos mesas del tugurio, convertido en un improvisado mausoleo. Vladimir que aún no ha salido del asombro no ha podido articular ni una sola palabra. Él no quiere problemas con la ley. Busca con la mirada algunos ojos con ansiedad dialogante, pero sólo ve rostros serios sumidos en el más profundo respeto. Orencio, Luis Antonio, Mascachicle, Pedro, Gurriato, Bonifacio, Don Ángel, Eligio, Bianchi… tan como siempre y sin embargo tan regios ellos en el velatorio de su amiga. Aún titubea, cuando se acerca a la parroquia repartiendo las tres botellas de tequila que ha bajado del estante. Cabecea resignado mientras pregunta en voz alta que quien pagará las copas de la muerta. El grupo prorrumpe en una unísona carcajada, mientras en un vuelo van colocando billetes sobre el ataúd. Vladimir respira, después de todo la Bruja ha vuelto haciendo gala de su poder de convocatoria. “¡Santa Bruja María de los Cielos!” mañana habrá guita para pagar la factura del gas.